AÑO Y VEZ (VI) LA SIEGA
AÑO Y VEZ (VI)
LA SIEGA
Comienzo a escribir este reportaje sobre la siega el día de San Pedro, un 29 de junio, cuando las cebadas ya se han comenzado a segar, los trigos están ya a punto de ello y los agosteros están acomodándose en las casas donde van a trabajar. El bullicio en el pueblo se deja sentir en las proximidades de las cantinas donde los agosteros recién llegados, se saludan con antiguos compañeros y comparten un vaso de vino, recuerda Aurelio Gonzalo Pardos.
Garrotillo, sin un diseño previo, pero una auténtica herramienta rural. Utensilio imprescindible para la recolección de la cosecha. Colección de Ernesto Pardos Ibañez.
Los agosteros ya duermen en las casas de sus amos y mañana comienzan las jornadas de siega, escribe Antonio Abanto Hijazo en su libro "Historia de un hombre de pueblo" y finalizaban la temporada, tras el acarreo y la trilla, allá para San Miguel, finales de septiembre.
La hoz
Los más mayores del pueblo, nacidos alrededor del año 1930, todavía recuerdan las manadas (palabra en desuso que la Rae define como cuadrilla o pelotón de gente) de segadores a hoz dirigidos por el cabecero, grupos formados por varios hombres y algunas mujeres que con una zoqueta en la mano izquierda, para proteger los dedos índice y corazón de un corte de la hoja de la hoz, bien afilada, y que manipulaban con la mano derecha.
Los mejores cortadores adquirían fama con referencia si segaban o no una yubada al día. Antonio Abanto recuerda al tio Narciso Oroz Pardos que no
le bastaba con una yubada al día y a la tia Niña, que llegaba a segar una yubada al día en compañía de la cuadrilla de segadores de Caudé (Teruel), como nos cuenta su nieta Juanita.
En la mañana, cuando la mies ya estaba seca para ser cortada, la cuadrilla de segadores, uno al lado del otro y con el puñado de mies en la mano izquierda se encontraban listos para dar el corte con la hoz. Los cortes se dejaban en el suelo y los gavilladores, con su rastrillo, iban formando las gavillas.
El corte debía ser lo más cercano posible al suelo, para conseguir la mayor cantidad de paja. Ésta era necesaria para el hábitat y comida del ganado principalmente y el resto se transformaría en fiemo para fertilizar el campo.
La jornada de siega con la hoz era muy dura, había que mantener la posición hora tras hora y día tras día hasta finalizar la siega que venía a durar un mes. No había descanso hasta finalizar la siega y así evitar los riesgos de una tormenta.
Las gavillas se recogían a mano y con varias de ellas se formaba un fajo o haz. No era tarea fácil hacer un fajo atado con un vencejo, requería su técnica para colocar las gavillas y también usar con destreza el garrotillo para atar y dar el apriete necesario al vencejo. El fajo debía permanecer entero en su recogida en el tresnal, en el acarreo y en el hacinado.
Lo primero que había que hacer era preparar los vencejos, se cogían dos puñados de espigas enteras de centeno o bálagos y desgranadas, que se habían puestos a remojo la noche anterior, se hacía un nudo por la parte de las espigas y así ya estaba conformado el vencejo.
Éste se ponía tumbado en el suelo y se iban colocando las gavillas encima, unas mirando hacia un lado y las siguientes mirando al lado contrario. Ahora tocaba atar el vencejo para lo que se utilizaba el garrotillo. Una vez cruzadas las puntas del vencejo, se utilizaba el garrotillo para dar dos vueltas a los extremos del vencejo entre sí. Así lo relata Antonio Abanto Hijazo.
La ejecución del fajo de mies con vencejo, del libro de Antonio Abanto, pág. 43
El fajo debía quedar bien prieto para que no perdiese las espigas y se deshiciese, recuerda Ascensión Aparicio Vicente, sí el fajo no estaba lo suficientemente prieto, al cogerlo por el vencejo el fajo se deshacía cayendo las espigas al suelo.
Jesús Blasco Pardos define el garrotillo como un auténtico diseño de ingeniería rural, porque ese utensilio era capaz de proporcionar la fuerza necesaria para apretar el vencejo y sujetar la mies en el fajo.
La siega con hoz se mantuvo a pesar de la dalla y las maquinas gavilladora y atadora hasta el año 1950. Antonio Abanto recuerda a la cuadrilla alicantina que venía a casa de la tia Morena, Manuela Pardos López, para segar a hoz.
Para evitar que la mies se mojara y para facilitar el acarreo, los fajos se amontonaban en tresnales o fascales, los fajos ... todos bien puestos en filas de diez fajos cada una y se hacían varias filas de fajos, todos bien puestos y bien prietos en forma de sierra para que si llovía se mojaran lo menos posible, describe Antonio Abanto
Así era la siega, día tras día todos los miembros de la familia trabajaban en el campo. Los que tenían más hacienda requerían de las cuadrillas, pero todos finalizaban allá por Santiago el veinticinco de julio.
La comida era esencial que fuera rápida y de poco quehacer, ya que toda la familia era necesaria para segar, atar y atresnalar lo antes posible. Por ello el lomo y las costillas del cerdo puesto en adobo (orza) era la comida casí a diario de estos días. Unas veces cocidas en rancho con unas patatas y arroz y otras sencillamente con un poco de pan y a continuar con la tarea.
Y el agua de la fuente vieja o de los pozos, era llevada al campo en cántaros de barro, para conservar su frescor. Y cuando ésta se acababa, se buscaba el agua en las fuentes que pudiera haber cerca, pero principalmente se cogía en los navajos.
Los hombres, cuando llegaban a las casas, agradecían una copita de dedal con anís e inmediatamente un buen trago de agua del botijo dando la sensación de refresco en la boca y la garganta.
Copas de dedal donde se servía el anís y el aguardiente. Familia Aliaga Pardos.
La dalla
Un hombre con la dalla cortaba mayor cantidad de mies que con la hoz y su uso requería no solamente la técnica de su empleo sino también la habilidad de picar su corte, que es lo más importante nos recuerda Antonio y detalla con precisión la forma de hacerlo en la copia más abajo.
En los bares se comentaban los cortes de los mejores dalladores y sus formas casi religiosas de picar el corte. Emilio Ferrer Ortún, Pedro Ruiz Ferrer, Bernardo Martin Herrero y Ricardo Tajada Abad eran los dalladores de la última época más demandados por su buen hacer con la dalla, me recuerdan Tomás García Oroz y Aurelio Gonzalo Pardos. Y de épocas anteriores, los padres de Pedro y Bernardo eran muy demandados, los recuerda Fortunato Tajada Abad en su época juvenil y a los forasteros Agustín Remiro Manero (01) de Épila (Zaragoza) y a Zacarías de Zaragoza que fue maestro, en el uso de la dalla, de Ricardo Tajada.
Apenas con quince años los jóvenes agricultores comenzaban a utilizar la dalla con los consejos paternos o dalladores profesionales de las cuadrillas. Para estar todo el día dallando había que tener buenos riñones, fuerza y mucho pulso y no exagero nada recuerda Antonio.
Picado de la dalla, libro de Antonio Abanto Pág.: 43
La gavilladora
La máquina gavilladora era tirada por dos mulas, se componía de un tablero metálico con corte de peine con cuchillas y una biela movida por una rueda grande o rueda motriz. Esta máquina segaba y lo que segaba lo dejaba en montones llamados gavilllas, así la describe Antonio.
Siega con gavilladora en la población de Loscos, la foto a pesar de ser una foto familiar por la niña, ese lugar era ocupado por el agricultor y las mulas eran arreadas por otra persona que bien podría ser una persona joven. Foto sacada de la fototeca del Xiloca (02).
La máquina a pesar de su sencillez podía regular el volumen de las gavillas regulando las aspas que empujaban a dichas gavillas a lo largo del tablero hasta que finalizaban en la tierra.
Los gavilladores recogían las gavillas y luego se realizaba el fajo, al igual que se hacía con la hoz y la dalla.
Existían dos marcas de gavilladora, una denominada JOLPA y fabricada en la fundición de La Jolpa en Melgar de Fernamental (Burgos) (03) y la otra de la marca AJURIA que se fabricaba en Vitoria. Las más antiguas eran movidas por ruedas de hierro y finalmente las últimas ya calzaban ruedas de goma.
Desconozco la llegada a Used de este tipo de máquinas, en la zona norte de Burgos datan la llegada de las gavilladoras en 1914 (03), no sería muy lejana a esas fechas cuando llegase a Used.
La atadora
Del corte y la gavilla que procuraba la gavilladora se pasó al atado de los fajos en la misma máquina por lo que su complejidad requería mayor peso y una tercera mula para su tiro.
Y las mulas había que arrearlas para que siguieran un camino acorde al corte de la mies. Ascensión Aparicio recuerda como con trece o catorce años iba arreando a las mulas y su padre sentado en la máquina manejaba las distintas palancas y chequeaba que los fajos estuvieran bien atados cuando cayeran al suelo, ya que a veces el sistema de atado fallaba. ¡¡¡ARRE!!!, ¡¡¡GÜESQUE!!!, ¡¡¡PASALLA!!! y ¡¡¡SOOO!!! palabras que nunca olvida una persona que ha estado arreando mulas.
No era un juego para una muchacha de su edad, había que trabajar con responsabilidad y eran muchas horas caminando junto a las mulas. Luego tocaba atresnalear, transportando los fajos y apilándolos en forma de pirámide perfectamente ejecutada para que despidan el agua en caso de lluvia, nos sigue contando Ascensión.
Antonio nos habla de máquinas con ruedas de goma, como la que compraron en su casa por los años finales de la década de 1940, pero las primeras atadoras que llegaron a Used eran con ruedas de hierro. En la casa de mis abuelos maternos ya existía una en los primeros años de la década de los años de 1930, mi primo Joaquín Campillo Pardos me contaba la expresión "mira por ahí va la atadora" que le recordaba su madre.
En el año 1932 se produjo un incendio en la casa de Don José Royo, donde se quemó entre otros utensilios agrícolas una máquina atadora (04).
La Voz de Aragón, 22 de octubre de 1932. Núm.2.206
Cosicasdeused quiere reconocer el gran esfuerzo de nuestros antecesores, que agachados durante todo el día, día tras día y en pleno verano, segaban, gavillaban, hacían los fajos y atresnalaban. Por ello no es de extrañar, como Ascensión siempre recuerda, unas palabras de su padre en plenas faenas de la siega: "cuánto desearía que se hicieran realidad las palabras del tio Morales, que debería haber una máquina a la que ordenar sieguese, atese y atresnalese.
La recolección de la mies requería la participación de todas las personas mayores, como Alejandro Valenzuela Abad, alcalde de Used en el año 1856, le recuerda a una autoridad provincial la imposibilidad de movilizar a la milicia armada del pueblo, compuesta por ciento veinticuatro individuos sin armamento, munición ni instrucción, debido: "por el de la estación de la época en que como pueblo todo agrícola se hallan en la recolección de las mieses, es imposible proceder a su movilización"
NOTA: No ha sido posible conseguir fotos en el pueblo sobre esta temática, por lo que es aconsejable ver fotos y videos sobre estas actividades y maquinaria en internet.
BIBLIOGRAFÍA:
- Remiro Manero, Agustín.
Épila (Zaragoza), 28.VIII.1904 – Madrid, 21.VI.1942. Campesino
dirigente anarcosindicalista aragonés y jefe militar de batallón del
Ejército del Este. Detalle extraído de la Real Academia de la Historia.
- Fotografía tomada de la fototeca del Xiloca.
- Información extraída de la siguiente página Web: https://www.verpueblos.com/castilla+y+leon/burgos/castrillo+de+riopisuerga/foto/1233436/
- La Voz de Aragón, 22 de octubre de 1932. Núm. 2.206. - Pág.: 1.
Estupendo relato Ramón, como siempre. Muchas gracias! Todas las palabras sobre las tareas de la siega me han traído recuerdos maravillosos. Félix Visiedo nos permitía subir al trillo y yo alucinaba y pasaba miedo. Qué interesante la participación de las mujeres en algunas de las tareas. Recuerdo también cómo me impresionaban las noticias cuando ocurría algún accidente.
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