AÑO Y VEZ (VII). El acarreo
El acarreo
"Y una vez acabada la siega había que preparar el carro en condiciones para comenzar el acarreo" comienza Antonio Abanto Hijazo (01) la descripción del acarreo. Lo describe con tal fuerza que todavía se le nota el entusiasmo y las ganas que había de llevar a la era, los frutos del esfuerzo de la siega.
No solo lo describe tecleando una máquina de escribir, sino que también transmite dicho entusiasmo con su primer dibujo cuando tenía más de ochenta años.
Acarreo con carro tirado por dos mulas y tresnales distribuidos por la finca. Dibujo realizado por Antonio Abanto Hijazo a sus ochenta y cuatro años.
Fortunato Tajada Abad también transmite verbalmente la alegría que era acarrear la cosecha ya segada hasta la era.
A partir de aquí los datos de Antonio irán en letra cursiva y los de Fortunato los relacionaré con su nombre.
Armado del carro
El armado o preparación del carro consistía en coger el armao que ya se tenía preparado expresamente para eso, para el acarreo, este armao tenía cinco metros de largo por dos y medio de ancho, ajustándolo al carro. En su parte superior se colocaban los chuzos redondos y con punta en la parte superior,... y estos se llaman chuzos, con el fin de que cuando estaba cargando el carro de fajos, estos entraran de forma fácil en los chuzos y estos tenían una altura de un metro.
Este armazón se colocaba en la parte superior del carro, sobresaliendo por los costados y especialmente por su parte delantera y trasera, un metro, de modo que la mula que iba en varas, cuando el carro iba cargado apenas se le veía.
Carro de la familia Menés Júdez delante de la puerta de su casa. Recorte de una fotografía, de entre 1950 y 1952, cedida por la familia Júdez Pastor.
En la parte inferior del carro se le ponían las bolsas cuya parte inferior era de tablas y con unas cadenas fuertes colgadas a unos ganchos fijos instalados en el banco del carro. Para evitar la pérdida de granos desgranados en el acarreo se colocaban por los costados y por debajo del carro unas esteras de esparto. También se colocaban cuatro redes de trenza gorda, dos delante y dos detrás, desde el armao hasta casi llegar al suelo, de esta forma se podía cargar más mies en el carro.
Fortunato nos recuerda como el meriñaque (o miriñaque, especie de estructura metálica curva que cubría la grupa de la mula de varas) evitaba que la carga de los fajos delanteros rozase en la grupa de la mula.
Y el mantenimiento de los carros había que tenerlo al día, Me gustaba llevar el carro bien engrasado y un día sí y otro no lo
engrasábamos.
Las caballerías
La reata de dos o tres mulas era la fuerza motriz del carro, por lo que debían estar en las mejores condiciones y los tiros bien ajustados a ellas, para que no les rozasen, y al carro.
Mis caballerías siempre llevaban buenos aparejos, para que nunca fueran rozadas y sobre todo en el carro con sus buenas cabezadas y campanillas al cuello y sus buenos aparejos para que nunca fueran rozadas por los mismos.
Me gustaba que las mulas fueran bien calzadas,
que es lo mismo que fueran bien herradas, porque tirando del carro
desgastaban y rompían muchas herraduras.
El mimado de las caballerías y el mantenimiento del carro eran imprescindible para realizar un buen acarreo. Cuando se descargaba en la era, las caballerías comían de la mies que se llevaba y además descansaban.
Con el carro y las caballerías ya preparados comenzaba el acarreo, que consiste en ir a los campos ya segados y recogida la cosecha segada y llevarla a la era. Para esta tarea se necesitaba dos hombres como mínimo, en
casa que solo estaba yo, teníamos que buscar a un hombre que le
llamábamos fajero, porque era su trabajo dar o echar los fajos al carro
para que el dueño los colocara bien.
El
agua se transportaba en el cubo con su cánula para beber. Éste era de
madera con unos cinchos metálicos y se colgaba del carro. Tampoco solía faltar la bota de vino en el cenacho, especie de zurrón colgado del carro confirma Fortunato.
Los viajes a por la mies y regreso
A las doce de la noche salían los carros que iban a las fincas más alejadas, para volver con el carro lleno de mies a la salida del sol, el primer viaje siempre solíamos llegar a la era cuando ya iba a salir el sol. Para el viaje de ida los carreteros llevaban torta o pan con chocolate y vino y el que quería un poco de anís.
En el viaje de ida, en la cesta inferior se colocaban las cinco sogas o cuerdas de sisal o bien de cáñamo, cuatro para usarlas y una de repuesto por si hacía falta y Fortunato también nos recuerda los garabatos para tensar las sogas.
La buena orientación del carretero y la querencia de las mulas hacia las fincas hacían posible el viaje. "Todavía no sé cómo las mulas eran capaces de llegar a las fincas en la noche" recuerda Antonio Vicente Ibañez. Los faroles de velas o carburo eran obligatorios para señalización.
Farol de carburo,
de la familia Pardos López
Farol de vela de los zarrios de Ernesto Pardos Ibañez.
En el viaje de ida uno guiaba a las mulas y el carro y el otro descansaba, en este primer viaje del día siempre guiaba y estaba yo pendiente de la reata y las mulas y mí compañero el fajero se ponía a dormir en el carro, si podía y si no a descansar, los demás viajes hacíamos uno cada uno. Con el carro lleno el que conducía la reata era el dueño, cuando el carro iba cargado, siempre era yo el que conducía la reata y por tanto el carretero.
La colocación de los fajos en el carro requería su técnica y el dueño de la finca o su hombre de confianza siempre eran los que se encargaban de esta tarea y el fajero daba o echaba los fajos para que el dueño los colocara bien en el carro. Los fajos de las maquinas atadoras, con las espigas al mismo lado, se colocaban las espigas hacia el interior en las orillas de la carga, al fin de evitar la pérdida de granos por el camino.
La carga de fajos se aseguraba con sogas de sisal o bien de esparto que atravesaban los garabatos, utensilios estos que servían para poder tensar las sogas y asegurar la carga de fajos. Con la carga bien sujeta no se perdía una sola espiga. Cuando no se hacía bien este trabajo de tensar la carga se esburciaba, llegando incluso a caerse. En el pueblo enseguida corría la voz de que fulanito había esburciado.
Garabatos de
la colección de zarrios
de Ernesto Pardos Ibañez.
Garabato más moderno de la familia Pardos López.
En un viaje se cargaban entre 90 y 100 fajos que venían a ser tres tresnales de unos 30 fajos cada uno y el fajero daba los fajos a mano y conforme se iba ganando altura lo hacía con una horca de hierro, recuerda Fortunato.
Aurelio Gonzalo Pardos recuerda como se confeccionaban a medida las sogas de esparto en la Plaza del Solanar, frente a su casa. Eran unos pocos hombres llegados desde la provincia de Albacete, quienes realizaban esta tarea, con el esparto que ellos mismos traían.
El almuerzo
A la salida del sol llegaban los carros con su carga y tras descargar los fajos en la hacina, era la hora del almuerzo. Fortunato Tajada nos recuerda, los almuerzos, consistían en patatas cocidas ya que las patatas fritas eran un lujo, huevos fritos alguna tajada de tocino y vino, si no tenías del pueblo se tomaba el del Horcajo o de Atea.
Las hacinas llenaban el paisaje de las eras en los alrededores de Used. Foto de 1957-58, cedida por Antonio Aliaga Pardos.
Las hacinas
La mies que se llevaba a las eras se ponía en hacinas muy grandes, estas se empezaban desde el suelo en cuadro de ocho o nueve pasos o los que uno quería, y se terminaban en un fajo o fajete de máquina atadora, se hacían muy altas y en forma de sierra. Tan altas se hacían que para cerrarlas al final tenía que ser cuando el carro estaba cargado, sino era así, el fajero no alcanzaba a dar los fajos al hacinador.
La hacinación de los fajos requería una cualificada técnica para la confección de la hacina y para evitar que en caso de lluvia los fajos se mojasen los menos posibles, además de proteger los granos de la espiga. "Siempre en estas hacinas, si los fajetes eran de cuerda, se ponían de tal forma que las espigas de estos siempre para dentro, si eran de vencejo tal y como fueran".
El vuelco del carro cargado de mies
Fortunato añade que eran muy escasos los años en los que no se producía un vuelco en la temporada del acarreo.
El centro de gravedad del carro cargado de mies ascendía de su posición normal y la longitud del eje era siempre la misma, los caminos estaban llenos de profundas rodadas, las entradas y salidas a las fincas eran muy irregulares y la actitud de las mulas no siempre eran las mejores para el carretero.
Por todo ello el último viaje se le conocía como "el viaje del ramo", el acarreo solía durar unos veinticinco días, dependiendo de lo que cada uno tenía, y así día tras día hasta llegar al último viaje, que si no habías volcado era el viaje del ramo (el ramo consistía en una rama de chopo o de olmo) que se decía, unos lo ponían y otros no por ello cuando el carro iba cargado siempre era yo el carretero que conducía la reata.
Cosicasdeused se une a Antonio Abanto Hijazo en su cantar para recordar a los carreteros usedanos:
Ya vienen los carreteros
de acarrear del campo largo
llevan campanillas
que suenan al son del carro,
como se clavan las ruedas
cuando el carro está cargado
como tiran las tres mulas
para sacar de la pieza el carro,
por la noche ha llovido
en el camino hay barro
que bien unidas van
tirando despacio del carro,
aunque tiran despacio
en este camino tan largo
ellas nunca reblan
hasta descargar el carro,
ya vienen los carreteros
de acarrear del campo llano
llevan flores en las mulas
y en el carro han puesto un ramo,
así erán los carreteros usedanos.
Bibliografía:
- ABANTO HIJAZO, ANTONIO, Apuntes de "La Historia de un hombre de pueblo" págs. 47-50. Toda la letra cursiva, excepto la reseñada a otroas personas, pertenece a estos apuntes.

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